La cruz total

La cruz total La cruz de Cristo es el hecho más re volucionario que haya acontecido en la historia de los hombres. Sin la cruz no hay mensaje de redención ni esperanza alguna para el hombre. El autor dice que, frente a la cruz, se tienen dos alternativas: huir de ella o morir sobre ella, porque la cruz logra su fi nalidad cuando destruye un patrón de vida y crea otro. Meditar en la cruz de Cristo nos impulsará a una actitud de asombro, reverencia y gratitud.

 

 

El énfasis de la Pascua

por A. W. Tozer

Capítulo 1 del libro "La cruz total "

©2010 Fundación Alianza

A. W. Tozer,  La cruz total, Buenos Aires, Publicaciones Alianza, 2010.
ISBN 978-950-759-106-8

Capítulo 1
El énfasis de la Pascua

 

Los cristianos debemos poner más énfasis en nuestras doctrinas fundamentales. Las verdades doctrinales son como el carbón en las profundidades de la tierra que espera ser extraído. Al extraerse y ser puesto en una cámara de combustión de alguna usina, esa poderosa energía, que por siglos quedó dormida bajo tierra, crea luz y calor para que las maquinarias de las fábricas desarrollen una acción productiva. La sola teoría sobre el carbón nunca hizo andar una rueda, ni logró calentar un hogar. El poder tiene que ser soltado para que sea eficaz.
En la obra redentora de Cristo se pueden señalar tres eventos cruciales: su nacimiento, su muerte y su ascensión a la diestra de Dios. Éstas son las tres columnas principales que sostienen el templo del cristianismo, y sobre ellas descansa toda la esperanza de la humanidad. Todo lo demás que hizo Jesús en su vida terrenal toma significado a partir de estos tres hechos.
Es imperativo que creamos todas las verdades de nuestra fe, pero la gran pregunta es dónde poner el énfasis. ¿Cuál verdad, en un momento dado, debe recibir nuestra mayor atención? En la Biblia somos exhortados a “mirar a Jesús” pero, ¿hacia dónde debemos mirar? ¿A Jesús en el pesebre? ¿A Jesús en la cruz? ¿A Jesús sobre el trono de gloria? Estas preguntas están lejos de ser académicas. Sin embargo, es de gran importancia que tengamos la respuesta correcta.
Por supuesto, en un credo universal tenemos que incluir el pesebre, la cruz y el trono. Todo lo que queda simbolizado por estos tres eventos tiene que estar presente en el panorama de la fe porque todos son necesarios para una comprensión cabal del evangelio. Ningún artículo de fe de nuestro credo debe ser abandonado ni debilitado, porque cada parte está ligada a otra como si fuera por un vínculo viviente. Pero mientras toda verdad en todo tiempo debe quedar inmaculada, no toda verdad tiene que ser enfatizada por igual. Nuestro Señor dio tal sentido cuando habló del siervo fiel y justo, que a los miembros en la casa “les sirve la comida a su debido tiempo” (Lucas 12.42). Es decir, las circunstancias y los tiempos que cambian nos obligan a enfatizar ciertas verdades y poner menos atención en otras.
María dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. Hombres sabios vinieron para adorar al niño, los pastores quedaron atónitos ante lo que vieron, y los ángeles cantaron paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres. En su conjunto, esta escena es tan encantadora, tan bella y tan tierna que no existe nada parecido en toda la literatura del mundo. No es difícil comprender por qué los cristianos han puesto tanto énfasis sobre el pesebre, con la virgen de ojos tiernos y el Cristo en forma de niño. En ciertos círculos cristianos, casi todo el énfasis cae sobre el niño en el pesebre; y aunque parezca comprensible, esta atención no está depositada en el lugar correcto.
Cristo nació como bebé para que llegara a ser un hombre y llegó a ser un hombre para dar su vida en rescate por muchos. Ni el nacimiento de Jesús, ni su muerte tenían una finalidad en sí. Cristo nació para morir, murió para expiar los pecados del hombre y se levantó de los muertos para justificar a todos los que ponen su fe en él. Su nacimiento y muerte son parte de la historia pasada. Pero su presencia en el trono de la gracia no es meramente un hecho histórico sino algo del presente, es una acción divina que para todo cristiano es el más glorioso hecho que pueda contemplar su corazón.
Recordemos que el pesebre representa debilidad, la cruz representa muerte, pero la resurrección representa poder. Cristo no está en el pesebre. En efecto, en ningún lugar del Nuevo Testamento se nos enseña que el niño Jesús debe ser el objeto de una fe salvadora. El evangelio que se detiene en el pesebre es un evangelio falso y no contiene buenas nuevas para nadie. La iglesia que se congrega alrededor del pesebre es una iglesia débil, con los ojos empañados, que cree que el sentimentalismo que eso evoca representa el poder del Espíritu Santo.
Así como no hay ahora en Belén un bebé en un pesebre, tampoco hay en Jerusalén un hombre colgado sobre una cruz. El hecho de adorar a un bebé en el pesebre o a un hombre colgado sobre una cruz es revertir el proceso redentor de Dios y volver atrás el reloj de sus propósitos eternos. Cuando la iglesia pone su mayor énfasis sobre la cruz sólo puede haber pesimismo, penumbra y remordimiento sin fin. Cuando un hombre muere con un crucifijo entre sus manos, ¿qué tenemos? Dos hombres muertos en la misma cama, ninguno de los cuales puede ayudar al otro.
La gloria de la fe cristiana es el hecho de que Cristo no sólo murió por nuestros pecados sino que resucitó para nuestra justificación. Con gozo debemos recordar su nacimiento, con gratitud debemos reflexionar sobre su muerte, pero la corona de todas nuestras esperanzas está en el hecho de que Cristo resucitó y está a la diestra de Dios Padre.
El apóstol Pablo se enorgullecía en la cruz y se negaba a predicar otra cosa que no fuera sobre la cruz. Para él la cruz representaba toda la obra redentora de Cristo. En sus epístolas, Pablo escribe sobre la encarnación y la crucifixión, pero nunca se detiene en el pesebre ni en la cruz, sino que constantemente lleva nuestros pensamientos hacia la resurrección y luego, la ascensión y el trono eterno.
“Dios me ha dado todo el poder para que gobierne en todo el universo” (Mateo 28.18) declaró nuestro Señor resucitado cuando ascendió al cielo. Los primeros cristianos lo creyeron y se esparcieron por el mundo para declarar su victoria. “Llenos de gran poder, los apóstoles enseñaban que Jesús había resucitado y Dios los bendecía mucho” (Hechos 4.33).
Estoy convencido de que si la iglesia cambiara su énfasis, al dejar la debilidad del pesebre y el pesimismo de la cruz, y enfocara más bien su atención sobre la vida y el poder de un Cristo victorioso, podría recobrar su gloria perdida. Vale la pena intentarlo.

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